Motherhood

De la guardería y otros demonios

Sobre la guardería, esa dichosa idea que tuvimos, en gran parte porque me picó (nuevamente) el mosquito del éxito profesional, así que de manera apresurada pensamos en que lo mejor era entrar a Fede a la guardería para poder yo retomar mi profesión, como si “Ser la mamá de Federico” no fuera ya el mejor oficio, trabajo, profesión del mundo.

Tiene de todo para serlo: aprendizaje constante, plan de carrera, horario de oficina y hasta horas extras, desarrollo intelectual y crecimiento personal, estrés, trabajo bajo presión, tolerancia a la frustración, y aunque no tiene salario, ni prestaciones, tiene eso que no dan ni los mejores puestos: es apasionante, total satisfacción por el deber cumplido, te acuestas cansado pero satisfecho y aunque no pones el despertador tienes una alarma que con sólo una sonrisa te recuerda que todo lo que haces no vale la pena, porque en realidad VALE LA VIDA y eso no lo cambio por ningún empleo de tiempo completo.

Además la verdad es que con sólo una semana de asistencia a la guardería tuvimos para pasarla fatal, debido al lugar que escogimos vivimos la experiencia más lamentable que hayamos podido vivir como familia.

Durante la única semana que Fede asistió identificamos varias actitudes, situaciones de descuido y discriminatorias que lamentamos. No entraré en detalles, pero lo que sí puedo decir es que un proceso de adaptación a un lugar, a una situación o a una condición nueva para un bebé, necesita tiempo, es un proceso progresivo y debe darse bajo un esquema de pedagogía que enseñe y no que excluya y genere, desde tan temprana edad, sentimientos de discriminación, bullying, frustración, maltrato.

La pedagogía y el cuidado es vocacional, no es una obligación, y aunque lamentamos que Fede haya vivido esta mala experiencia, agradecemos el darnos cuenta a tiempo, porque pudimos actuar y con nuestro amor y cuidados podremos recuperar el tiempo sin dejar huellas, pero más lamentable aún, es saber que allí se quedan bebés de hasta 45 días de nacidos, otros niños y otros padres que siguen confiando.

Debemos creer en nuestra intuición, porque la infancia es una etapa que no se recupera jamás, y como adultos sí que lo sabemos!

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